Queridos amigos:Se siente aún en Madrid el testimonio de fe, alegre y emocionante, de los jóvenes que participaron en la Jornada Mundial de la Juventud. En realidad la JMJ, considerada ya por muchos como uno de los acontecimientos más importantes para la Iglesia española en el último siglo, no terminó con la despedida del Papa en el aeropuerto de Barajas ni con la marcha de los dos millones de jóvenes a sus respectivos países y ciudades. Terminó el encuentro de tantos jóvenes, procedentes de todos los continentes, de culturas e iglesias muy distintas. Pero perduran y siguen en pie la fe y la esperanza que convirtieron las calles y plazas madrileñas en una inmensa fiesta, en un despliegue de banderas, cantos y alegría. Los jóvenes manifestaron el más auténtico rostro de la Iglesia católica ante España y ante el mundo. Escucharon y acogieron el mensaje sencillo y profundo del Papa, sus palabras de aliento, sus propuestas valientes y comprometidas: «No os avergoncéis del Señor»; «conservad la llama de Dios y compartidla con vuestros coetáneos»; «manifestad al mundo entero el rostro de Cristo». Es ahora el tiempo de vivirlo y de ayudarles a ponerlo en práctica. La JMJ continúa. Y es especialmente importante mantener muy viva esa «verdadera cascada de luz», en palabras del mismo Papa, que fue la experiencia de fe, de encuentro con Dios, de fraternidad, de comunión, vivida durante las semanas trascurridas en las diócesis españolas y, particularmente, en Madrid. El desafío y la responsabilidad de la Iglesia en estos momentos es, sin duda, robustecer y alentar la voluntad firme y sincera de tantos jóvenes de arraigar la vida en Cristo, permanecer firmes en la fe, caminar juntos en la Iglesia. Y lo es también, ayudarles a asimilar e integrar en la vida cotidiana los ideales y valores que proclamó Benedicto XVI en sus diversas intervenciones: la búsqueda del bien y de la verdad, el ejercicio de la razón como camino hacia la fe y de la fe como afirmación y culmen de la razón, el valor de la persona y de su dignidad, la defensa de toda vida humana. El Papa ha abierto y señalado un camino, que es necesario emprender.
Eugenio Alburquerque Frutos
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